Natalia y su hermano pequeño huyeron de la violencia de las pandillas en El Salvador. En México, pudieron acceder a un programa alternativo a la detención, que les proporcionó un lugar seguro y estable donde vivir.
«Fue muy diferente. Volví a sentirme ligera, después de muchos meses en los que todo había sido oscuro». – Natalia
Natalia tenía 16 años cuando ella y su hermano pequeño huyeron de la violencia de las pandillas en El Salvador. Las pandillas habían matado a su tío y amenazado al resto de la familia. «Este no es lugar para una chica de 16 años», le dijo su abuela. «Tenemos que sacar a tu hermano de aquí mientras podamos».
Ella y su hermano viajaron hacia el norte, uniéndose a otros niños que también huían de la violencia. El viaje fue largo y aterrador.
Cuando llegaron a México, la policía los llevó a un centro de detención migratoria. Natalia y su hermano fueron separados. A él lo enviaron a una sección para niños más pequeños y a ella la colocaron con mujeres adultas. La celda estaba tan abarrotada que la gente tenía que turnarse para dormir. Su familia no sabía dónde estaban, y Natalia temía que pensaran que ella y su hermano habían muerto.
Después de un mes, Natalia y su hermano se trasladaron a un programa comunitario. Vivían juntos, iban al colegio, tenían acceso a la atención sanitaria y hablaban con su madre por teléfono cada semana.
El programa proporcionó a Natalia y a su hermano un lugar seguro y estable donde vivir mientras se tramitaban sus solicitudes de protección, brindándoles cuidados y dignidad, lejos del centro de detención.










